Arturo Puig saludó desde la ventana del coche a su mujer que moría acribillada por un sable enemigo de la revolución. Levantó el vidrio y le gritó al chofer ¡a la ópera! Martí y Crane blandieron sus plumas a destiempo y la posteridad quiso que uno fuera héroe y el otro eunuco. Dentro de cincuenta años nadie recordará a Arturo Puig, pero los yuppies de todo el mundo seguirán leyendo The red badge en el aeropuerto internacional de Cuba.
Más Faulkner que Martí engendró a Borges que engendró a Eco que engendró a Sandro que engendró a Aira. Emily cultivó rosas blancas, el maravilloso nombre de la cosa resplandeció en el cielo lebruno.
Se cuenta que el frágil y cegatón Joyce en sus borracheras parisinas gustaba de entablar combates con desconocidos y convocar el socorro del grandulón Hemingway. Hemingway imponía su porte en los bares de noche y por la mañana hilaba novelas de cómodo talle small. Se enorgullecía de su cuerpo hasta tal punto que en ninguna refriega se atrevió a aconsejarle a Joyce “tirale una novela tuya por la cabeza”.