martes, enero 03, 2006

Costumbres de los dioses (vine, vi, violé)

Es de público conocimiento que a Silvia, la vestal, la violaron una mañana cuando iba a buscar aguas para lavar objetos sagrados. Es de público conocimiento, asimismo, que las vestales debían preservar su castidad y que aquella que no lo hiciera era enterrada viva. Es de público conocimiento, además, que el violador se llamaba Marte y era un dios, y que fruto de la divina violación fueron dos hermosos gemelos, uno de los cuales, Rómulo, habría de fundar Roma y sería divinizado.
Tito Livio sospecha que Silvia se revolcó con cualquier campesino y decidió contar semejante mentira, que serviría para justificar más adelante tantas aberraciones, por puro instinto de conservación.

La historia del nacimiento de Heracles (Hércules para los amigos) es un poco menos sabida y se remonta al feliz matrimonio de Almecna con Anfitrión. Plauto nos dice que mientras Anfitrión anda guerreando por ahí al mando de algún ejército griego, Júpiter (Zeus) sucumbe ante los encantos de la esposa de aquél y la posee tomando la forma de su marido, con la excusa de un repentino regreso. El dios supremo dispone que la mañana retrase su advenimiento para poder paladear la noche largo y tendido, tan lujuriosas son las costumbres olímpicas. Cuando llega el verdadero Anfitrión, pone su semilla junto con la de Júpiter y los hijos de uno y otro nacen simultáneamente. El mismo día de su nacimiento Heracles da muestras de su origen divino diferenciándose así de su hermano. Otra vez gemelos. Otra vez uno de ellos es divinizado.

Basta de gemelos. Abandonemos Roma con los romanos, sigámoslos en su marcha triunfal a Oriente. Estamos en Judea, cuna de un largo retroceso cultural. El culpable: otro héroe mítico, otro resultado de una casta y divina unión, otro hijo putativo de un amable anfitrión. La historia del nacimiento de Jesús es vox populi. María era virgen en el sentido estricto de la palabra, es decir, estando en condiciones de dar luz, no lo había hecho todavía. Eso no significa que José no gozara de las voluptuosidades de su cuerpo, sino que, a lo mejor, era estéril. Pero la fertilidad de María fue comprobada cuando Dios (ya no un dios, por más supremo que fuera, sino El Dios del que disponía el imaginario hebreo) le introdujo su divina semilla en el útero. El hijo nacido de la sagrada fiesta sería divinizado, una vez más, y su mítico origen constituiría una buena excusa para justificar, en el futuro, otras tantas aberraciones.
Monty Python nos deja su versión alternativa, según la cual María, luego de disfrutar del ardor de los soldados romanos, verdaderos latin lovers, hecha mano a una antigua y siempre efectiva estratagema: culpar a los dioses de las bajas pasiones humanas.

Pero a cuidarse de hacerlo muy a menudo. Como está visto, las consecuencias pueden ser funestas.