Mi nutricionista me dijo que una hamburguesa de Carlitos equivale en calorías a treinta y cuatro manzanas verdes y dos rojas. Me miraba por sobre los anteojos, muy fijamente, cuando me lo dijo. Después agregó: “y si te clavás un panqueque de dulce de leche, ahí tenemos que cambiar la unidad de medida”. Hizo una pausa de unos segundos mientras me escrutaba con la mirada llena de reproche. Apoyó los anteojos sobre el escritorio, se restregó los ojos con la manga de la camisa y, tras liberar un suspiro, se llevó la mano derecha a la entrepierna. “Bananas, Néstor. Hablamos de más de cincuenta bananas”. Siempre me llamaba Néstor, creo que le recordaba a alguien con ese nombre. Por no contrariarlo, jamás lo corregí. Debo admitir que sus comparaciones resultaron muy persuasivas. No cancelé mi viaje a Villa Gesell, como me pareció que pretendía mi nutricionista, pero sí abandoné la idea de cenar en Carlitos. Unas vacaciones light, por qué no. Además, en Villa Gesell se come buen pescado, pensaba para consolarme.
El segundo día de enero me desperté bien temprano, desayuné ligero y cargué el bolso y la tele en el baúl del auto. El día siguiente partí con mi perro Séter rumbo a la costa argentina. Villa Gesell nos recibió con la tranquilidad de un mediodía veraniego; las calles vacías, la playa desierta, todo el mundo a resguardo del sol que, a esas horas, es capaz de hervir en menos de cinco minutos una botella de cerveza recién salida del freezer. El departamento que alquilé estaba a dos cuadras de la playa y a una de la avenida principal. Apenas nos instalamos, me eché a dormir una siesta mientras Séter aprovechaba para husmear todos los rincones de su nuevo hábitat. Una vez despierto, ordené un poco las cosas, me pegué una ducha y preparé el bolso matero. Séter me acompañó a la playa, donde se dedicó a pelear contra las olas. A la gente le causaba mucha gracia ver a un perro pequinés boxeando contra el mar. La pelea era golpe por golpe: la marea atacaba a Séter con subidas previsibles pero furibundas; el perro se defendía retrocediendo unos centímetros, de frente, sin darle nunca la espalda a su rival, y contraatacaba a los mordiscones. Aunque el combate fue muy parejo, al final ganó el mar por abandono. A todo esto yo tomaba mate y les ponía puntajes a los culos que pasaban por la orilla. Cuando empezó a anochecer, unos pibes armaron un picado de fútbol y me invitaron a jugar, pero no quería dejar solo a mi perro. Volví a casa pensando qué verduras iba a comprar para la ensalada.
Después de comer, dejé a Séter en el departamento y salí a dar unas vueltas por el centro. La peatonal era una orgía de calorías, a cada paso me cruzaba con veraneantes que deglutían papas fritas, rabas, helados, hamburguesas o churros. Me sentía un Cristo de la vida sana, tentado por paraísos artificiales de azúcares y grasas. Mi nutricionista estaría orgulloso de mi resistencia, pensaba. Y en eso lo vi. Salía de un restaurant, iba solo. “¡Doctor!”, le grité a modo de saludo. Levantó la vista sobresaltado. Al reconocerme, me devolvió un: “Ah, Néstor” y se calló. “No sabía que veraneaba en Villa Gesell”, le dije, a mitad de camino entre la pregunta y la afirmación. “Sí”, respondió secamente. Se lo notaba incómodo, tenso, algo nervioso. No debe ser muy grato que un paciente te encuentre una noche en malla y ojotas después de cenar, se me ocurría. “Nos vemos en Buenos Aires”, se despidió antes de alejarse apurando el paso. No me dio tiempo de decir nada más. Me dispuse a tomar apunte del restaurant, si mi nutricionista cenaba ahí, yo también tenía que hacerlo.
Hubiera preferido encontrar mi nombre inscripto bajorrelieve en una lápida de piedra antes que leer las ocho fatídicas letras que pendían de ese letrero. ¡Carlitos! Nunca en mi vida me había llevado una decepción tan grande. No podía parar de imaginarme a mi nutricionista devorando una hamburguesa con panceta y huevo frito, riéndose de sus pacientes , de la rúcula y del tomate.
A modo de venganza, entré en Carlitos con la intención de pedir la hamburguesa más completa que ofreciera el menú. Pero un empleado de limpieza echó por tierra mi plan: “ya estamos cerrando, el señor Carlitos está cansado y quiere irse a dormir”. En ese momento recordé que la fama de la hamburguesería se debía a su carácter familiar. Carlitos trabajaba en la cocina junto con uno de sus hijos, mientras que otros tres hijos se ocupaban de atender las mesas, y el quinto, de la caja. Para la limpieza contrataban empleados. Lo que no sabía era que, además de trabajar en familia, vivían todos juntos en un cuartito arriba del restaurant. El empleado me señaló, por si no le creía, la puerta que conducía a la vivienda. Daba la impresión de que había gente fumando ahí dentro. Lo dejé continuar con sus labores higiénicas y volví al departamento a descansar.
Séter me despertó la mañana siguiente con sus ladridos histéricos. Quería salir a cagar. Aproveché la caminata para comprar el diario y un poco de pan negro para el desayuno. Iba por la tercera tostada, creo, cuando llegué a la página de noticias policiales. “Amaneció en llamas Carlitos, el rey de la hamburguesa en Villa Gesell”, anunciaba el título en letras catástrofe. La bajada agregaba: “Carlitos y sus hijos, todos calcinados. El local, destruido.” Tuve que leer dos o tres veces el título para digerirlo. Según el cuerpo de la nota, el incendio había sido intencional, y todas las sospechas recaían sobre El Beto, el rey de las hamburguesas de soja, una nueva cadena de comida rápida que estaba haciendo furor en la costa atlántica. Dos imágenes acompañaban el artículo: una foto de Carlitos, sonriente, con un gorro playero color rojo y, al lado, una foto de El Beto, el presunto asesino, con una barba candado como la de mi nutricionista. Mejor dicho, la de mi nutricionista. El epígrafe no dejaba dudas: “Alberto Coromillas, alias El Beto, nutricionista y empresario gastronómico.”
No pude terminar de leer la noticia. Cerré el diario horrorizado, junté mis cosas lo más rápido que pude y las metí junto con Séter en el auto. Pocas horas después estaba de vuelta en la Capital. Antes de entrar a casa, paré en una verdulería y pedí treinta y cuatro manzanas verdes y dos rojas. “No, no”, me arrepentí: “mejor deme más de cincuenta bananas”.