miércoles, agosto 17, 2005

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      Conocí a Laura por mediación de un amigo en común atento a las coincidencias de nuestro gusto musical y a mi predilección por las pechugonas. Apenas fuimos presentados nos pusimos a hablar de música con la excusa de criticar la que animaba el convite. No recuerdo muchos detalles de esa noche, era una fiesta de navidad en la casa de alguien, habían llenado el tanque de agua con vino barato. Sus ojos y esos senos que desbordaban el escote. De los nombres que recorrimos el primero que despertó mi interés por ella fue el de Serge Gainsbourg que invocamos al unísono. Me impresionó su conocimiento de la obra de Debussy, a la que yo admiraba de modo menos apasionado. Durante la velada tuvimos pequeñas disonancias, pero cuando mencionó su gusto por las composiciones de Béla Bartók interpretadas por Gyorgy Sandor supe que esa chica era mi sino. Nos besamos y tocamos hasta el mediodía. Antes de irnos cada uno por su lado, intercambiamos nuestras direcciones de correo electrónico.
      Empezamos a vernos con cierta frecuencia. Nos quedábamos noches enteras discurriendo sobre música. Solamente interrumpíamos la charla para cojer, pero acabado el asunto retomábamos desde donde habíamos dejado. Lo mismo cuando las obligaciones mundanas nos forzaban a separarnos: el encuentro siguiente (al principio una semana después, con el tiempo nuestra impaciencia fue reduciendo la espera hasta un ritmo casi diario) proseguíamos con la última conversación abandonada. Las veces que intentamos pasar a otros tópicos ajenos a la esfera de lo musical advertimos que no teníamos ninguna otra cosa en común. Pero ¿para qué hablar sobre el precio del boleto de colectivo si todo nuestro tiempo libre no bastaba para agotar un debate sobre el contrapunto?
      Le pedí que nos mudáramos juntos. Alquilamos un departamento de dos ambientes amueblado en Villa Crespo. Ella aportó su computadora y yo mi perro. Etiquetamos cada compact con el nombre de su propietario. Laura tenía algunos más.
        Por un inexplicable escrúpulo legal nunca me había bajado discos de internet, prefería ahorrar en alimentos y comprar los originales en Musimundo. Laura, que no era de la misma opinión, logró convencerme de sus razones sin mucho esfuerzo. De común acuerdo decidimos bajar en primer lugar la discografía completa de Camarón de la Isla, imposible de conseguir por vías legales. Demoró quince días pero valió la espera. Enseguida después dejamos descargando las versiones de Gershwin por Ella Fitzgerald y Louis Armstrong. La vida vestía de rosa.
      Pero yo no era del todo feliz. Con el correr del tiempo fui sintiendo un aburrimiento progresivo. No podíamos hablar más que de música. Es mi tema de conversación favorito, cierto, pero después de algunos meses llega a cansar. Cuando volvía del trabajo y le tiraba como al pasar un comentario sobre la crisis económica, ella, que detestaba la política, me respondía con alguna referencia literaria, lo que despertaba mi aburrimiento sistemático. Para arte está el jazz, le decía e iba mirar el estado de descarga. Para crisis está el rock, me desafiaba dando pie a una nueva discusión.
         Un buen día me decidí a cortarle. Llegué a casa con un discurso preparado y la encontré sentada frente a la pc. Tengo algo muy importante que decirte, me dijo no bien traspuse el umbral. Pensé que el corte iba a ser recíproco, eso me alivió un poco. Pero enseguida agregó: empecé a bajar la discografía completa de Pink Floyd. Echó por tierra mis planes, no podía dejarla hasta terminar la descarga y pasar la valiosísima música a cds. Hubiera sido una tragedia que se llevara la computadora antes.
        Todos los días miraba con impaciencia el estado de descarga. Una noche me fui a dormir con el 98% completado y decidí que le cortaría durante la mañana. Cuando desperté ella no estaba. Fui a trabajar. En el camino de regreso practiqué el discurso una y otra vez. Al entrar me recibió eufórica ¡estoy bajando todo Charlie Parker!
        Llevamos cinco años de convivencia. Al principio se me hacía intolerable. Verla con su cara de fingido entusiasmo exclamándome su nueva descarga me daba ganas de vomitar. Pero baja tan buena música… A veces demora un mes en conseguir un disco pasa que el usuario no se conecta, se excusa. Poco antes de completar una descarga, comienza la siguiente. Por momentos pienso que lo adivinó todo y se ríe de mí. ¿Será posible?
        Recién vengo del trabajo. Laura está en el baño pintándose las uñas, así que aprovecho para sublimar mis frustraciones por escrito. Nadie más que yo va a leer estas líneas. Por las dudas dejo el archivo guardado en Mis Documentos, podría ser deseable que Laura lo encuentre de casualidad.
        Iba a terminar con el párrafo anterior, pero acabo de revisar la descarga y no puedo no confesarte la alegría y el espanto que me produce tu nueva ocurrencia: la antología post-mortem del trovador belga Jaques Brel, intitulada Quand on n’a que l’amour.

martes, agosto 02, 2005

Vacaciones en Cariló

      En el verano del setenta y siete tenía diez años y un hermanito de seis y un papá hermoso. Como todas las vacaciones, alquilamos la casa junto al bosque de Cariló. Cariló todavía era una parte del desierto que iba de Villa Gesell a Pinamar y el aislamiento nos hacía muy bien porque ponía contento a papá. Papá no era ermitaño, pero desde la desaparición de mamá había empezado a alejarse un poco del mundo y a depender mucho de mí. Se movía entre la casa y la comisaría, trataba de evitar cualquier otro contacto humano. Yo me ocupaba de las cosas del hogar y hacía lo posible para que no sufriera la ausencia de mamá. En Cariló se sentía mejor que nunca, casi sin vecinos, con el mar interminable y el bosque. El bosque en realidad es el protagonista de mi cuento y no papá. Papá también, y Nico y yo, pero más que nada el Bosque, con mayúsculas, o como le decía papá, el Espíritu del bosque. Nico es el protagonista de mi cuento.
       Según papá en el bosque habitaba un espíritu que decidía la suerte de todos los que entraban en él. Si te llevabas bien con el Espíritu, podías pasar en el bosque días enteros en paz con la naturaleza. Pero si no le gustabas, entonces agarrate. Papá nos sopló el secreto para ganarse su confianza. Íbamos a acampar y en la canasta de la merienda llevábamos pan para los pájaros y agua para los árboles, que eran sus cómplices. Así nos hicimos amigos y pasábamos en el bosque más tiempo que en la playa. Cuando nos sentimos seguros se me ocurrió jugar a perdernos y encontrarnos. Era fácil y divertido, había que elegir un lugar cualquiera y fijar como meta otro, casi siempre algún árbol de los que teníamos identificado. Cada uno agarraba por un camino distinto y era a ver quién llegaba antes. En general ganaba papá que conocía todos los atajos. Yo llegaba segunda, y muy poquitas veces primera. Nico perdía siempre. Hasta que un día desapareció. Esa vez gané yo y papá no venía y no venía. Me empecé a asustar y cuando escuché un grito de Nico me asusté más. Papá no venía y yo me torturaba imaginando todas las cosas feas que podían haber pasado. Después de un rato llegó agitado y sudoroso y con la respiración entrecortada me dijo lo vi todo, fue horrible ¿Qué viste, dónde está Nico? Se lo comió el Espíritu, Nico gritó pero no pudo defenderse. Me sentí toda fría y no me salían las palabras. Papá me siguió contando le pregunté al Espíritu por qué se lo había comido y me dijo que Nico había estado pegándole a los árboles y arrancándoles la corteza. Qué bobo dije y papá dijo que sí pero me vengué, maté al Espíritu, hijita, con mis manos, casi no opuso resistencia. ¿Dónde está? le pregunté. Por allá, andá a casa y traeme el bolso grande. Volví enseguida. No quise mirar cuando papá metió al Espíritu, pero sí vi el bolso manchado de sangre con el Espíritu adentro cuando lo llevamos a la playa. Parecía bastante pesado y ya había anochecido y frío y la playa desierta y en la orilla papá lo soltó rendido de cansancio. Se sentó un rato y lloró. Yo quería darle ánimos y le dije que había hecho lo mejor que podía hacer. El sol se había exiliado a otra parte del mundo y el reflejo de la luna naranja y redonda picaneaba al mar. Traté de levantar el bolso para tirarlo al agua pero no tuve fuerzas. Papá lo agarró, se sumergió hasta la cintura y lo empujó unos centímetros más cerca del horizonte. Volvió mojado y hermoso, y mientras lo besaba y abrazaba me sentí feliz.