Conocí a Laura por mediación de un amigo en común atento a las coincidencias de nuestro gusto musical y a mi predilección por las pechugonas. Apenas fuimos presentados nos pusimos a hablar de música con la excusa de criticar la que animaba el convite. No recuerdo muchos detalles de esa noche, era una fiesta de navidad en la casa de alguien, habían llenado el tanque de agua con vino barato. Sus ojos y esos senos que desbordaban el escote. De los nombres que recorrimos el primero que despertó mi interés por ella fue el de Serge Gainsbourg que invocamos al unísono. Me impresionó su conocimiento de la obra de Debussy, a la que yo admiraba de modo menos apasionado. Durante la velada tuvimos pequeñas disonancias, pero cuando mencionó su gusto por las composiciones de Béla Bartók interpretadas por Gyorgy Sandor supe que esa chica era mi sino. Nos besamos y tocamos hasta el mediodía. Antes de irnos cada uno por su lado, intercambiamos nuestras direcciones de correo electrónico.
Empezamos a vernos con cierta frecuencia. Nos quedábamos noches enteras discurriendo sobre música. Solamente interrumpíamos la charla para cojer, pero acabado el asunto retomábamos desde donde habíamos dejado. Lo mismo cuando las obligaciones mundanas nos forzaban a separarnos: el encuentro siguiente (al principio una semana después, con el tiempo nuestra impaciencia fue reduciendo la espera hasta un ritmo casi diario) proseguíamos con la última conversación abandonada. Las veces que intentamos pasar a otros tópicos ajenos a la esfera de lo musical advertimos que no teníamos ninguna otra cosa en común. Pero ¿para qué hablar sobre el precio del boleto de colectivo si todo nuestro tiempo libre no bastaba para agotar un debate sobre el contrapunto?
Le pedí que nos mudáramos juntos. Alquilamos un departamento de dos ambientes amueblado en Villa Crespo. Ella aportó su computadora y yo mi perro. Etiquetamos cada compact con el nombre de su propietario. Laura tenía algunos más.
Por un inexplicable escrúpulo legal nunca me había bajado discos de internet, prefería ahorrar en alimentos y comprar los originales en Musimundo. Laura, que no era de la misma opinión, logró convencerme de sus razones sin mucho esfuerzo. De común acuerdo decidimos bajar en primer lugar la discografía completa de Camarón de la Isla, imposible de conseguir por vías legales. Demoró quince días pero valió la espera. Enseguida después dejamos descargando las versiones de Gershwin por Ella Fitzgerald y Louis Armstrong. La vida vestía de rosa.
Pero yo no era del todo feliz. Con el correr del tiempo fui sintiendo un aburrimiento progresivo. No podíamos hablar más que de música. Es mi tema de conversación favorito, cierto, pero después de algunos meses llega a cansar. Cuando volvía del trabajo y le tiraba como al pasar un comentario sobre la crisis económica, ella, que detestaba la política, me respondía con alguna referencia literaria, lo que despertaba mi aburrimiento sistemático. Para arte está el jazz, le decía e iba mirar el estado de descarga. Para crisis está el rock, me desafiaba dando pie a una nueva discusión.
Un buen día me decidí a cortarle. Llegué a casa con un discurso preparado y la encontré sentada frente a la pc. Tengo algo muy importante que decirte, me dijo no bien traspuse el umbral. Pensé que el corte iba a ser recíproco, eso me alivió un poco. Pero enseguida agregó: empecé a bajar la discografía completa de Pink Floyd. Echó por tierra mis planes, no podía dejarla hasta terminar la descarga y pasar la valiosísima música a cds. Hubiera sido una tragedia que se llevara la computadora antes.
Todos los días miraba con impaciencia el estado de descarga. Una noche me fui a dormir con el 98% completado y decidí que le cortaría durante la mañana. Cuando desperté ella no estaba. Fui a trabajar. En el camino de regreso practiqué el discurso una y otra vez. Al entrar me recibió eufórica ¡estoy bajando todo Charlie Parker!
Llevamos cinco años de convivencia. Al principio se me hacía intolerable. Verla con su cara de fingido entusiasmo exclamándome su nueva descarga me daba ganas de vomitar. Pero baja tan buena música… A veces demora un mes en conseguir un disco pasa que el usuario no se conecta, se excusa. Poco antes de completar una descarga, comienza la siguiente. Por momentos pienso que lo adivinó todo y se ríe de mí. ¿Será posible?
Recién vengo del trabajo. Laura está en el baño pintándose las uñas, así que aprovecho para sublimar mis frustraciones por escrito. Nadie más que yo va a leer estas líneas. Por las dudas dejo el archivo guardado en Mis Documentos, podría ser deseable que Laura lo encuentre de casualidad.
Iba a terminar con el párrafo anterior, pero acabo de revisar la descarga y no puedo no confesarte la alegría y el espanto que me produce tu nueva ocurrencia: la antología post-mortem del trovador belga Jaques Brel, intitulada Quand on n’a que l’amour.