martes, agosto 02, 2005

Vacaciones en Cariló

      En el verano del setenta y siete tenía diez años y un hermanito de seis y un papá hermoso. Como todas las vacaciones, alquilamos la casa junto al bosque de Cariló. Cariló todavía era una parte del desierto que iba de Villa Gesell a Pinamar y el aislamiento nos hacía muy bien porque ponía contento a papá. Papá no era ermitaño, pero desde la desaparición de mamá había empezado a alejarse un poco del mundo y a depender mucho de mí. Se movía entre la casa y la comisaría, trataba de evitar cualquier otro contacto humano. Yo me ocupaba de las cosas del hogar y hacía lo posible para que no sufriera la ausencia de mamá. En Cariló se sentía mejor que nunca, casi sin vecinos, con el mar interminable y el bosque. El bosque en realidad es el protagonista de mi cuento y no papá. Papá también, y Nico y yo, pero más que nada el Bosque, con mayúsculas, o como le decía papá, el Espíritu del bosque. Nico es el protagonista de mi cuento.
       Según papá en el bosque habitaba un espíritu que decidía la suerte de todos los que entraban en él. Si te llevabas bien con el Espíritu, podías pasar en el bosque días enteros en paz con la naturaleza. Pero si no le gustabas, entonces agarrate. Papá nos sopló el secreto para ganarse su confianza. Íbamos a acampar y en la canasta de la merienda llevábamos pan para los pájaros y agua para los árboles, que eran sus cómplices. Así nos hicimos amigos y pasábamos en el bosque más tiempo que en la playa. Cuando nos sentimos seguros se me ocurrió jugar a perdernos y encontrarnos. Era fácil y divertido, había que elegir un lugar cualquiera y fijar como meta otro, casi siempre algún árbol de los que teníamos identificado. Cada uno agarraba por un camino distinto y era a ver quién llegaba antes. En general ganaba papá que conocía todos los atajos. Yo llegaba segunda, y muy poquitas veces primera. Nico perdía siempre. Hasta que un día desapareció. Esa vez gané yo y papá no venía y no venía. Me empecé a asustar y cuando escuché un grito de Nico me asusté más. Papá no venía y yo me torturaba imaginando todas las cosas feas que podían haber pasado. Después de un rato llegó agitado y sudoroso y con la respiración entrecortada me dijo lo vi todo, fue horrible ¿Qué viste, dónde está Nico? Se lo comió el Espíritu, Nico gritó pero no pudo defenderse. Me sentí toda fría y no me salían las palabras. Papá me siguió contando le pregunté al Espíritu por qué se lo había comido y me dijo que Nico había estado pegándole a los árboles y arrancándoles la corteza. Qué bobo dije y papá dijo que sí pero me vengué, maté al Espíritu, hijita, con mis manos, casi no opuso resistencia. ¿Dónde está? le pregunté. Por allá, andá a casa y traeme el bolso grande. Volví enseguida. No quise mirar cuando papá metió al Espíritu, pero sí vi el bolso manchado de sangre con el Espíritu adentro cuando lo llevamos a la playa. Parecía bastante pesado y ya había anochecido y frío y la playa desierta y en la orilla papá lo soltó rendido de cansancio. Se sentó un rato y lloró. Yo quería darle ánimos y le dije que había hecho lo mejor que podía hacer. El sol se había exiliado a otra parte del mundo y el reflejo de la luna naranja y redonda picaneaba al mar. Traté de levantar el bolso para tirarlo al agua pero no tuve fuerzas. Papá lo agarró, se sumergió hasta la cintura y lo empujó unos centímetros más cerca del horizonte. Volvió mojado y hermoso, y mientras lo besaba y abrazaba me sentí feliz.

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