viernes, septiembre 30, 2005

Vacaciones en Iguazú

         Entonces me serví otro vaso de whisky. Ella miraba impasible el líquido turbio pasar con lentitud de un recipiente a otro. Por sus pupilas adiviné que estaba recordando algo. Mi hermano se cayó a las Cataratas del Iguazú. Yo tenía siete años. Grité su nombre esperando alguna especie de milagro pero no lo pude salvar. No lloré. Nunca más en mi vida. La visión de un llanto ajeno, de una canilla abierta o del verterse líquido en un vaso me despierta de modo mecánico el recuerdo de su caída. Perdoná, de haberlo sabido…
         No pude tomar el whisky, el vaso quedó lleno. El líquido a la intemperie fue adquiriendo colores absurdos: rosa, verde, amarillo. Nunca más me atreví a tocarla. Ella lo advirtió pero no dijo nada. Nuestra vida conyugal fue convirtiéndose de a poco en una pesadilla. Empezó a traer amigos y amigas. Los llevaba a la habitación mientras yo permanecía en el comedor con la mirada absorta en el espectáculo cromático del vaso lleno. Escuchaba gritos, risas. Cuando se iba el último, entraba a la habitación y la encontraba durmiendo. Flotaba sexo en el aire.
         Los días transcurrían sin variación, nos habíamos sumergido de modo silenciosamente convenido en una nueva rutina. El único contacto de nuestros cuerpos se producía por azar en las horas de sueño.
         No sé con exactitud qué fue lo que motivó el súbito cambio en nuestra relación. Tal vez el tardío develamiento de su pasado, de su trauma. En siete años de convivencia nunca antes me había confesado que tuvo un hermano ni que los líquidos le despertaban recuerdos mortuorios.
       Una vez intercambié breves palabras con una de sus amigas. Extraviada en busca del baño vino a parar al comedor. ¿Vos sos el marido? Sí. ¿Y qué mirás? No le respondí, le indiqué la dirección del baño y se fue. El whisky había pasado sin transición del turquesa a un fucsia brillante, casi naranja.
        Esa noche soñé que mi hermana era arrastrada por unas cataratas infinitas. Me desperté bañado en mi propia orina; sólo se había mojado mi mitad de la cama. Me lavé y me senté a desayunar. Ella dormía. El líquido en el vaso había tomado un colorido exótico: blanco, diversos matices de verdes y azules. Creí ver un movimiento ajeno al fluir cromático, una animación de formas precisas. Sostuve el vaso en la mano por primera vez desde que lo había llenado y lo escruté con la atención exagerada de quien intenta descifrar figuras reconocibles en una pintura abstracta. No hizo falta mucho esfuerzo, toda la escena saltaba a la vista. La verde espesura, las azules aguas rompiendo en un sordo estrépito blanquecino contra el culo del vaso. Entre una multitud de turistas, una niña, un niño, un empujón.
         Me bajé el whisky de un sorbo.

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