miércoles, diciembre 07, 2011

Opinología barata sobre el cine 3D

        Ayer fui a ver Pina, de Win Wenders, en 3D. La película tiene imágenes bellísimas, pero como cada vez que veo una película en 3D, no puedo evitar plantearme algunas cuestiones sobre el formato. Creo que es evidente que todavía falta mucho para que aparezcan películas que exploten al máximo las posibilidades de esta tecnología. Independientemente del debate sobre las consecuencias que podría traerle a la salud, encuentro por lo menos 3 grandes problemas relacionados con la distribución, con el arte y con el propio medio.
       El tema con la distribución básicamente tiene que ver con los subtítulos. En Argentina, como en muchos otros países, las películas habladas en lengua extranjera, con excepción de las infantiles, se subtitulan. Si bien los subtítulos siempre son un obstáculo para apreciar una película (porque al atraer la atención hacia una pequeña parte de la pantalla y exigir esfuerzos intelectuales en la lectura distraen al espectador) en el caso del 3D me parece que es mucho peor, porque, al menos en todas las películas que yo vi, se trata de un texto 2D superpuesto a las imágenes tridimensionales. O sea, atenta contra el efecto 3D, se hace evidente el límite de la pantalla rectangular sobre la que se proyectan las imágenes y los subtítulos. Se llama la atención sobre la planitud y se desmantela el hechizo tridimensional.
Creo que deberíamos cambiar radicalmente nuestra concepción de los subtítulos. Hay que pensarlos como parte del arte de la película y dedicarles tantos esfuerzos creativos como al guión o la fotografía. Los subtítulos deberían ser también 3D y estar integrados con la película “original” como un todo indisociable. Es posible que algunas compañías hayan comenzado a avanzar en este sentido, no lo sé.
         Respecto del arte, por razones cronológicas es obvio que los directores que ahora están incursionando en el 3D tuvieron su formación cinematográfica con el 2D. Muchos de los planos que conocemos y que estos directores estudiaron y pusieron en práctica no sirven, en mi opinión, para el 3D. Caso paradigmático, el primer plano. Cada vez que se me aparece un primer plano en una película 3D, lo primero que me salta a la vista es el marco de la pantalla rectangular. Si el 3D busca cuestionar los límites mostrando imágenes que “salen” de la pantalla, los planos que muestran un cuerpo recortado ponen el énfasis justamente en lo contrario: en el límite de la pantalla, en el marco bidimensional que “contiene” (y recorta) las imágenes. En el 3D sigue presente lo que Peter Greenaway llama la “tiranía del marco” (http://www.egs.edu/faculty/peter-greenaway/articles/have-we-seen-any-cinema-yet/ ), o sea, el hecho de que las imágenes que percibimos están encerradas en un recuadro más o menos grande, pero siempre limitado y visible en una sola dirección.
Si bien está claro que el marco resulta imprescindible en este tipo de cine y que, por consecuencia, las imágenes siempre sufrirán algún recorte, creo yo que éste resulta mucho más evidente cuando es el cuerpo humano el que aparece fraccionado. Cuando se fraccionan objetos no tan cotidianos, o el suelo, etc, pero se percibe el cuerpo humano en su completud, las limitaciones de la pantalla pasan más desapercibidas.
       En cuanto a los problemas con el medio, supongo que depende mucho de las tecnologías de captura, tratamiento y proyección de las imágenes. Pero muchas veces da la impresión de que el 3D en realidad consiste en imágenes 2D superpuestas con cierta profundidad. O sea, la relación entre los objetos resulta tridimensional, pero todavía no parece que cada objeto tenga una corporeidad tridimensional. A veces es como esos libritos infantiles con imágenes planas de cartón que se levantan a diferentes alturas produciendo un efecto de profundidad que no deja de hacer evidente el hecho de que cada una de las imágenes que componen la escena es plana.
      El tiempo dirá si el 3D llegó para revolucionar el cine como lo hicieron el color y el sonido en la primera mitad del siglo XX, o si por el contrario se trata de una moda pasajera como lo fue el Cinerama o el Polivisión. Pero en cualquier caso está claro que todavía falta mucho para que se desarrolle la técnica de un cine auténticamente 3D.

lunes, noviembre 14, 2011

Red social

  Mucho se ha comentado sobre la admiración de Mark Zuckerberg por la literatura de Borges, en particular por sus ensayos. Es poco sabido, sin embargo, que durante su primer año en Harvard, en un descanso del estudio, Mark leyó: “Actualmente, el género policial ha decaído mucho en Estados Unidos.” Y después leyó: “Se ha olvidado el origen intelectual del relato policial.”
  El joven Zuckerberg también estaba cansado de los detectives de policial negro, siempre metiendo sus narices en el barro, siempre detrás de algún oscuro personaje, ávidos de averiguarlo todo. A Mark, como a Borges, le gustaban los detectives clásicos, los Auguste Dupin, los Sherlock Holmes. Fríos, distantes, matemáticos, puro cerebro, pura deducción. Sacar fotos, revisar archivos, descubrir infidelidades, escuchar conversaciones ajenas le parecían a Mark ocupaciones indignas de un detective. El verdadero detective, en su opinión, investiga poco y deduce mucho.
  ¿Cómo volver al policial clásico? Se preguntaba Mark. ¿Cómo hacer inútil la labor del detective de policial negro al punto de que todos sus esfuerzos investigativos queden reducidos a un ademán absurdo? ¿Cómo ridiculizar al investigador que se juega la vida para obtener el mínimo retazo de información?
  Y entonces, en homenaje a Poe y a Conan Doyle, inventó Facebook.

miércoles, octubre 19, 2011

Charla de ascensor

  Un hombre de unos cuarenta años, treinta y ocho digamos, atravesó el hall de entrada del edificio saludando con un ademán al encargado de seguridad. Presionó el botón para llamar al ascensor, que esperó chancleteando impaciente. Usaba unas ojotas havaianas negras que había comprado a muy buen precio en la calle Florida. El ascensor se detuvo en la planta baja anunciando su arribo con un clink. Después de marcar el piso dieciocho, el hombre corroboró su peinado con el espejo. Sin darle tiempo a iniciar la subida, otro hombre, de unos cuarenta y ocho años, digamos cincuenta, se abalanzó al interior ganándole una tácita carrera a la placa metálica de la puerta. Una vez más, su esbeltez le había ahorrado tediosos segundos de espera. El hombre de las havaianas, que ya había abandonado el cuidado de su pelo, le preguntó a qué piso iba, y el flaco le respondió que al dieciséis. Aunque los dos llevaban años viviendo en el edificio, ésta era la primera vez que se cruzaban.
  - Calorcito, ¿eh? - Comentó el hombre de las havaianas para llenar el vacío del viaje.
- ¿Te parece? - Respondió el flaco – para mi gusto está un poco fresco -. Su opinión se condecía con el saquito de lana que llevaba puesto sobre la camisa de manga larga.
-¿Fresco? Estás en pedo vos, hace un calor de cagarse.
- Mirá, macho, si vos tenés calor es cosa tuya. Yo me estoy cagando de frío desde hoy... hace menos de quince grados.
- Callate, gil – el hombre de las havaianas comenzaba a perder la paciencia, odiaba que contradijeran sus opiniones climatológicas. - De sensación térmica hay más de veinte, lo acabo de ver en TN.
- Más de veinte tiene ésta – dijo el flaco friolento sacudiéndose el jean a la altura de la ingle. - Si te digo que hace frío vos cerrás el orto.
- Vos tenés frío porque sos un tragaleche.
         Los últimos cinco pisos permanecieron en silencio con la mirada clavada en los ojos del otro. Cuando el ascensor llegó al piso dieciséis, el flaco salió rozando intencionalmente el esternón del hombre de havaianas con su codo izquierdo. Mientras se cerraba la puerta, el de havaianas gritó:
- ¡Andá a prender la estufita, soplanuca!
  Llegado al piso dieciocho, entró a su departamento con dos vueltas de llave y estampó la ojota izquierda contra la pared. Enseguida fue hasta la cocina y agarró un tramontina del cajón de los cubiertos. En el camino de vuelta a la puerta de entrada al departamento (desde su punto de vista, la puerta de salida) se detuvo en seco y volvió sobre sus pasos para cambiar el tramontina por la cuchilla de cortar carne. Entonces sí salió al palier preparado para achurar al vecino.
  Bajó los dos pisos por las escaleras, la falta de una ojota lo hacía caminar con dificultad pero no tenía ganas de esperar el ascensor. Cacheteó sonoramente la puerta del flaco con la palma de la mano cuatro veces. A la quinta, se asomó una mujer:
- ¿Sí? - Preguntó mientras relojeaba el pie descalzo del desconocido.
- ¿Está su marido, doña?
- ¿Asunto?
- Climatología.
- A ver -. La señora entornó la puerta y se adentró en el departamento gritando palabras ininteligibles. El hombre de la havaiana esperó del lado de afuera. La mano derecha, con la que empuñaba la cuchilla, le temblaba de manera casi imperceptible. Por el tragaluz del palier se filtraban unos rayos de sol que producían un efecto multicolor al refractar sobre las baldosas. Cuando volvió la cara a la entrada del departamento, pudo ver la pistola del flaco apuntándole directamente a los huevos.
- Te voy a enseñar a tener calor, infeliz. - El primer disparo impactó en la puerta del cuartito de la basura. Entonces aprovechó para abalanzarse sobre su contrincante blandiendo la cuchilla. El segundo disparo dio en el vidrio del tragaluz, que se quebró en pedazos. La punta de la cuchilla se hundió en el brazo que no sostenía la pistola, lo que le permitió al flaco disparar una tercera bala, que se introdujo en el empeine enfundado con la havaiana. Se desplomaron casi al mismo tiempo soltando sus armas. En ese momento cayeron las primeras gotas. Desde el suelo, a través del hueco del tragaluz, ambos hombres podían observar el arcoiris que comenzaba a formarse.