Un hombre de unos cuarenta años, treinta y ocho digamos, atravesó el hall de entrada del edificio saludando con un ademán al encargado de seguridad. Presionó el botón para llamar al ascensor, que esperó chancleteando impaciente. Usaba unas ojotas havaianas negras que había comprado a muy buen precio en la calle Florida. El ascensor se detuvo en la planta baja anunciando su arribo con un clink. Después de marcar el piso dieciocho, el hombre corroboró su peinado con el espejo. Sin darle tiempo a iniciar la subida, otro hombre, de unos cuarenta y ocho años, digamos cincuenta, se abalanzó al interior ganándole una tácita carrera a la placa metálica de la puerta. Una vez más, su esbeltez le había ahorrado tediosos segundos de espera. El hombre de las havaianas, que ya había abandonado el cuidado de su pelo, le preguntó a qué piso iba, y el flaco le respondió que al dieciséis. Aunque los dos llevaban años viviendo en el edificio, ésta era la primera vez que se cruzaban.
- Calorcito, ¿eh? - Comentó el hombre de las havaianas para llenar el vacío del viaje.
- ¿Te parece? - Respondió el flaco – para mi gusto está un poco fresco -. Su opinión se condecía con el saquito de lana que llevaba puesto sobre la camisa de manga larga.
-¿Fresco? Estás en pedo vos, hace un calor de cagarse.
- Mirá, macho, si vos tenés calor es cosa tuya. Yo me estoy cagando de frío desde hoy... hace menos de quince grados.
- Callate, gil – el hombre de las havaianas comenzaba a perder la paciencia, odiaba que contradijeran sus opiniones climatológicas. - De sensación térmica hay más de veinte, lo acabo de ver en TN.
- Más de veinte tiene ésta – dijo el flaco friolento sacudiéndose el jean a la altura de la ingle. - Si te digo que hace frío vos cerrás el orto.
- Vos tenés frío porque sos un tragaleche.
Los últimos cinco pisos permanecieron en silencio con la mirada clavada en los ojos del otro. Cuando el ascensor llegó al piso dieciséis, el flaco salió rozando intencionalmente el esternón del hombre de havaianas con su codo izquierdo. Mientras se cerraba la puerta, el de havaianas gritó:
- ¡Andá a prender la estufita, soplanuca!
Llegado al piso dieciocho, entró a su departamento con dos vueltas de llave y estampó la ojota izquierda contra la pared. Enseguida fue hasta la cocina y agarró un tramontina del cajón de los cubiertos. En el camino de vuelta a la puerta de entrada al departamento (desde su punto de vista, la puerta de salida) se detuvo en seco y volvió sobre sus pasos para cambiar el tramontina por la cuchilla de cortar carne. Entonces sí salió al palier preparado para achurar al vecino.
Bajó los dos pisos por las escaleras, la falta de una ojota lo hacía caminar con dificultad pero no tenía ganas de esperar el ascensor. Cacheteó sonoramente la puerta del flaco con la palma de la mano cuatro veces. A la quinta, se asomó una mujer:
- ¿Sí? - Preguntó mientras relojeaba el pie descalzo del desconocido.
- ¿Está su marido, doña?
- ¿Asunto?
- Climatología.
- A ver -. La señora entornó la puerta y se adentró en el departamento gritando palabras ininteligibles. El hombre de la havaiana esperó del lado de afuera. La mano derecha, con la que empuñaba la cuchilla, le temblaba de manera casi imperceptible. Por el tragaluz del palier se filtraban unos rayos de sol que producían un efecto multicolor al refractar sobre las baldosas. Cuando volvió la cara a la entrada del departamento, pudo ver la pistola del flaco apuntándole directamente a los huevos.
- Te voy a enseñar a tener calor, infeliz. - El primer disparo impactó en la puerta del cuartito de la basura. Entonces aprovechó para abalanzarse sobre su contrincante blandiendo la cuchilla. El segundo disparo dio en el vidrio del tragaluz, que se quebró en pedazos. La punta de la cuchilla se hundió en el brazo que no sostenía la pistola, lo que le permitió al flaco disparar una tercera bala, que se introdujo en el empeine enfundado con la havaiana. Se desplomaron casi al mismo tiempo soltando sus armas. En ese momento cayeron las primeras gotas. Desde el suelo, a través del hueco del tragaluz, ambos hombres podían observar el arcoiris que comenzaba a formarse.
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