miércoles, marzo 28, 2012

La cancha más cara del mundo

    La historia que voy a escribir ocurrió realmente. Tuvo lugar en Mazunte, en el pacífico mexicano. No daré los nombres de los verdaderos protagonistas de los hechos, no para protegerlos, sino porque los desconozco. Tampoco todos los detalles serán absolutamente fieles a la realidad. Pero supongamos que pasó así, tal cual lo voy a contar, y todos contentos. Total, quienes conocieron la historia de primera mano no podrán desmentirme, porque nunca se van a enterar de que escribí esto.
    Como decía, esta historia ocurrió en Mazunte, más precisamente en La Ventanilla, una playa al lado de Mazunte, famosa por el criadero de cocodrilos y por ser un punto en la ruta de la cocaína que sube por vía marítima desde Colombia hasta los Estados Unidos. Esta historia pasó, digamos, unos cinco años atrás.
    Una lancha deportiva fue interceptada por la marina armada mexicana. Aparentemente los había alertado un colombiano que quedó fuera del negocio a último momento. En la lancha viajaban tres colombianos, un mexicano y doscientos kilos de cocaína pura, distribuidos en diez sacos de veinte kilos cada uno. También había armas, mezcal y ron.
    El barco de la marina armada los forzó a detenerse justo en la playa de La Ventanilla. Los cuatro tripulantes de la lancha bajaron a los tiros y se dieron a la fuga. Corrieron tras ellos, también a los tiros, todos los soldados del barco de la marina. El cargamento quedó abandonado por unos minutos, hasta que lo descubrió un vecino del lugar. Se fue acercando, despacio, primero con miedo, después con decisión, empujado por la curiosidad. Se subió a la lancha y no tardó en descubrir el escondite con los diez sacos llenos de oro blanco. Sintió una emoción enorme, se aceleró el pulso de su corazón. Tenía miedo, cómo no, nunca antes se le había cruzado por la cabeza hacer algo así. Pero tampoco se le había presentado una oportunidad tan buena, de esas que no se repiten en toda la vida. En seguida buscó un número en la agenda de su celular y a los pocos minutos tres vecinos lo estaban ayudando a descargar la mercadería. La cargaron en el Volkswagen escarabajo de uno de ellos y huyeron a toda marcha. Cuando volvieron los soldados que sobrevivieron (en la balacera cayeron dos de ellos y los tres colombianos, el mexicano se dio a la fuga) se llevaron la noticia de que alguien ya había vaciado la carga. No se sorprendieron, los narcos tienen una logística a toda prueba. Lo que les preocupaba era cómo ocultar ante las autoridades su negligencia de novatos, al abandonar la mercadería en la persecución.
    A todo esto los vecinos descargaron los sacos en la casa de su descubridor. Festejaron con unos vasos de mezcal. No se habló sobre el destino del cargamento, tácitamente ya todos sabían qué harían con él.
    Una semana después jugaron el clásico regional de fútbol: Mazunte contra Huatulco. Ganó Huatulco tres a uno, pero eso a nadie le importaba. El pueblo era una fiesta. Mazunte inauguraba su nueva cancha, con las líneas perfectamente definidas. Habían usado para trazar el perímetro de la cancha, la línea y el círculo central, las áreas y las esquinas, los doscientos kilos de cocaína pura llegada de Colombia.
    Confundir la cocaína con cal les puede haber hecho perder el negocio de sus vidas, pero nada les va a hacer olvidar la alegría de ese día en el que, después de tantos años, pudieron un jugar un partido con las líneas perfectamente marcadas sobre la tierra.


miércoles, marzo 21, 2012

Y retembló en sus centros la tierra

México DF, 20/03/2012

 Con mi pasaje para Oaxaca en el bolsillo, fui a comprar algo para comer durante el viaje. Le pedí al puestero una torta oaxaqueña (un sandwich de chorizo, queso, cebolla, huevo, aguacate y, desde ya, una salsa picosa). El hombre era oaxaqueño y muy simpatico. ¿Argentino? Che, boludo, coño. Me estaba preparando la torta cuando me empecé a sentir mareado. No entendía por qué pero de pronto perdí el equilibrio. Entonces vi la cara del oaxaqueño que por primera vez no sonreía: "¡Temblor!", le gritó a otro puestero. Una señora empieza a correr. "Despacio, señora, no corra", le gritan. Ahí recuerdo los carteles con instrucciones de qué hacer en caso de sismo que cuelgan en todos los sitios públicos del DF. Salgo de la zona de puestos con precarios techos de chapa. Busco un punto de encuentro (una zona segura señalizada en el piso), pero no veo ninguno. Me quedo en la calle, calculando estar lejos de cualquier objeto que pueda caerme encima. El suelo se sigue moviendo, estoy en un samba kilométrico. Veo una enorme torre de iluminación que se sacude como la copa de una palmera en la tormenta. Tengo miedo pero al mismo tiempo estoy fascinado. Filmo el meneo del gigante lumínico. La gente no parece asustada, más bien parecen tomarlo con naturalidad. Un par de personas continúa su camino normalmente, la mayoría se detiene a mirar la torre semoviente. El temblor pasa, vuelvo por mi torta. "Ahí volvió el güerito", se alegra el puestero que pensaba que me había escapado. Le cuento que fue mi primer temblor, él que hacía muchos años no pasaba. Me sigue recomendando lugares para conocer en Oaxaca, qué tengo que comer, dónde tengo que dormir, con qué putas tengo que cojer. Le digo que no me gusta pagar y me dice que me va a presentar a su sobrina para que me la lleve a Buenos Aires. Termina de prepararme la torta y me voy. Todavía sigo con la sensación de quien acaba de bajar de la montaña rusa y, ya en tierra firme, no deja de sentir los sacudones en sus entrañas. El mareo me dura un par de minutos más. Las pantallas colgantes de la terminal creen, como yo, que el temblor continúa, aunque hace ya un tiempo que paró.

 Ahora estoy en el micro camino a Oaxaca. Algunos pasajeros llaman a sus familiares para checar que estén bien. El chofer sintoniza una radio en la que reportan los detalles del terremoto, que fue de 7,8º, que el presidente Calderón anunció que no hay víctimas. Yo voy con mis auriculares escuchando Soda Stereo:


Yo caminaré entre las piedras
hasta sentir el temblor
en mis piernas.