La historia que voy a escribir ocurrió realmente. Tuvo lugar en Mazunte, en el pacífico mexicano. No daré los nombres de los verdaderos protagonistas de los hechos, no para protegerlos, sino porque los desconozco. Tampoco todos los detalles serán absolutamente fieles a la realidad. Pero supongamos que pasó así, tal cual lo voy a contar, y todos contentos. Total, quienes conocieron la historia de primera mano no podrán desmentirme, porque nunca se van a enterar de que escribí esto.
Como decía, esta historia ocurrió en Mazunte, más precisamente en La Ventanilla, una playa al lado de Mazunte, famosa por el criadero de cocodrilos y por ser un punto en la ruta de la cocaína que sube por vía marítima desde Colombia hasta los Estados Unidos. Esta historia pasó, digamos, unos cinco años atrás.
Una lancha deportiva fue interceptada por la marina armada mexicana. Aparentemente los había alertado un colombiano que quedó fuera del negocio a último momento. En la lancha viajaban tres colombianos, un mexicano y doscientos kilos de cocaína pura, distribuidos en diez sacos de veinte kilos cada uno. También había armas, mezcal y ron.
El barco de la marina armada los forzó a detenerse justo en la playa de La Ventanilla. Los cuatro tripulantes de la lancha bajaron a los tiros y se dieron a la fuga. Corrieron tras ellos, también a los tiros, todos los soldados del barco de la marina. El cargamento quedó abandonado por unos minutos, hasta que lo descubrió un vecino del lugar. Se fue acercando, despacio, primero con miedo, después con decisión, empujado por la curiosidad. Se subió a la lancha y no tardó en descubrir el escondite con los diez sacos llenos de oro blanco. Sintió una emoción enorme, se aceleró el pulso de su corazón. Tenía miedo, cómo no, nunca antes se le había cruzado por la cabeza hacer algo así. Pero tampoco se le había presentado una oportunidad tan buena, de esas que no se repiten en toda la vida. En seguida buscó un número en la agenda de su celular y a los pocos minutos tres vecinos lo estaban ayudando a descargar la mercadería. La cargaron en el Volkswagen escarabajo de uno de ellos y huyeron a toda marcha. Cuando volvieron los soldados que sobrevivieron (en la balacera cayeron dos de ellos y los tres colombianos, el mexicano se dio a la fuga) se llevaron la noticia de que alguien ya había vaciado la carga. No se sorprendieron, los narcos tienen una logística a toda prueba. Lo que les preocupaba era cómo ocultar ante las autoridades su negligencia de novatos, al abandonar la mercadería en la persecución.
A todo esto los vecinos descargaron los sacos en la casa de su descubridor. Festejaron con unos vasos de mezcal. No se habló sobre el destino del cargamento, tácitamente ya todos sabían qué harían con él.
Una semana después jugaron el clásico regional de fútbol: Mazunte contra Huatulco. Ganó Huatulco tres a uno, pero eso a nadie le importaba. El pueblo era una fiesta. Mazunte inauguraba su nueva cancha, con las líneas perfectamente definidas. Habían usado para trazar el perímetro de la cancha, la línea y el círculo central, las áreas y las esquinas, los doscientos kilos de cocaína pura llegada de Colombia.
Confundir la cocaína con cal les puede haber hecho perder el negocio de sus vidas, pero nada les va a hacer olvidar la alegría de ese día en el que, después de tantos años, pudieron un jugar un partido con las líneas perfectamente marcadas sobre la tierra.
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