México DF, 20/03/2012
Con mi pasaje para Oaxaca en el bolsillo, fui a comprar algo para comer durante el viaje. Le pedí al puestero una torta oaxaqueña (un sandwich de chorizo, queso, cebolla, huevo, aguacate y, desde ya, una salsa picosa). El hombre era oaxaqueño y muy simpatico. ¿Argentino? Che, boludo, coño. Me estaba preparando la torta cuando me empecé a sentir mareado. No entendía por qué pero de pronto perdí el equilibrio. Entonces vi la cara del oaxaqueño que por primera vez no sonreía: "¡Temblor!", le gritó a otro puestero. Una señora empieza a correr. "Despacio, señora, no corra", le gritan. Ahí recuerdo los carteles con instrucciones de qué hacer en caso de sismo que cuelgan en todos los sitios públicos del DF. Salgo de la zona de puestos con precarios techos de chapa. Busco un punto de encuentro (una zona segura señalizada en el piso), pero no veo ninguno. Me quedo en la calle, calculando estar lejos de cualquier objeto que pueda caerme encima. El suelo se sigue moviendo, estoy en un samba kilométrico. Veo una enorme torre de iluminación que se sacude como la copa de una palmera en la tormenta. Tengo miedo pero al mismo tiempo estoy fascinado. Filmo el meneo del gigante lumínico. La gente no parece asustada, más bien parecen tomarlo con naturalidad. Un par de personas continúa su camino normalmente, la mayoría se detiene a mirar la torre semoviente. El temblor pasa, vuelvo por mi torta. "Ahí volvió el güerito", se alegra el puestero que pensaba que me había escapado. Le cuento que fue mi primer temblor, él que hacía muchos años no pasaba. Me sigue recomendando lugares para conocer en Oaxaca, qué tengo que comer, dónde tengo que dormir, con qué putas tengo que cojer. Le digo que no me gusta pagar y me dice que me va a presentar a su sobrina para que me la lleve a Buenos Aires. Termina de prepararme la torta y me voy. Todavía sigo con la sensación de quien acaba de bajar de la montaña rusa y, ya en tierra firme, no deja de sentir los sacudones en sus entrañas. El mareo me dura un par de minutos más. Las pantallas colgantes de la terminal creen, como yo, que el temblor continúa, aunque hace ya un tiempo que paró.
Ahora estoy en el micro camino a Oaxaca. Algunos pasajeros llaman a sus familiares para checar que estén bien. El chofer sintoniza una radio en la que reportan los detalles del terremoto, que fue de 7,8º, que el presidente Calderón anunció que no hay víctimas. Yo voy con mis auriculares escuchando Soda Stereo:
Yo caminaré entre las piedras
hasta sentir el temblor
en mis piernas.
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