viernes, mayo 18, 2012

Para justicia, la de los humanos

    El sr. X recibe en su domicilio una notificación: debe presentarse ante los tribunales de la ciudad C el día D a la hora H. El sr. X ya tiene compromisos para ese día a esa hora, pero decide reprogramarlos a fin de poder cumplir con su citación. Tan ciudadano él. A la hora señalada, el sr. X hace su aparición en la oficina O de los tribunales. Lo recibe la srta. Y, secretaria del juez. “El juez quiere informarle que ordenó el secuestro de su licencia de conducir. Debe concurrir a esta oficina en cualquier momento durante los próximos cinco días hábiles para hacer entrega de la misma.” El sr. X no se sorprende, hace apenas siete meses el juez dictó su prohibición de conducir a causa de un accidente en el que se vio involucrado. Ignorante de los procedimientos judiciales, le pregunta a la srta. Y si no existe la posibilidad de que alguien pase a buscar la licencia por su domicilio. “De ningún modo”, responde indignada la srta. Y. “Imagínese si el juez va a librar una orden de hallanamiento policial solo para pasar a buscar su licencia. No sería sensato.” La lógica de la secretaria del juez conforma al sr. X. Ninguna persona con una mínima capacidad de razonamiento podría contradecirla. Lo más sensato, se convence, es haber sido convocado a esa oficina para recibir la información de que debe presentarse otro día a entregar su licencia. “Firme aquí.”, la secretaria da por terminado el asunto y le extiende un documento.
    Mientras baja las escaleras de los tribunales, el sr. X piensa que, gracias a Dios, todavía quedan personas juiciosas en este mundo.

miércoles, marzo 28, 2012

La cancha más cara del mundo

    La historia que voy a escribir ocurrió realmente. Tuvo lugar en Mazunte, en el pacífico mexicano. No daré los nombres de los verdaderos protagonistas de los hechos, no para protegerlos, sino porque los desconozco. Tampoco todos los detalles serán absolutamente fieles a la realidad. Pero supongamos que pasó así, tal cual lo voy a contar, y todos contentos. Total, quienes conocieron la historia de primera mano no podrán desmentirme, porque nunca se van a enterar de que escribí esto.
    Como decía, esta historia ocurrió en Mazunte, más precisamente en La Ventanilla, una playa al lado de Mazunte, famosa por el criadero de cocodrilos y por ser un punto en la ruta de la cocaína que sube por vía marítima desde Colombia hasta los Estados Unidos. Esta historia pasó, digamos, unos cinco años atrás.
    Una lancha deportiva fue interceptada por la marina armada mexicana. Aparentemente los había alertado un colombiano que quedó fuera del negocio a último momento. En la lancha viajaban tres colombianos, un mexicano y doscientos kilos de cocaína pura, distribuidos en diez sacos de veinte kilos cada uno. También había armas, mezcal y ron.
    El barco de la marina armada los forzó a detenerse justo en la playa de La Ventanilla. Los cuatro tripulantes de la lancha bajaron a los tiros y se dieron a la fuga. Corrieron tras ellos, también a los tiros, todos los soldados del barco de la marina. El cargamento quedó abandonado por unos minutos, hasta que lo descubrió un vecino del lugar. Se fue acercando, despacio, primero con miedo, después con decisión, empujado por la curiosidad. Se subió a la lancha y no tardó en descubrir el escondite con los diez sacos llenos de oro blanco. Sintió una emoción enorme, se aceleró el pulso de su corazón. Tenía miedo, cómo no, nunca antes se le había cruzado por la cabeza hacer algo así. Pero tampoco se le había presentado una oportunidad tan buena, de esas que no se repiten en toda la vida. En seguida buscó un número en la agenda de su celular y a los pocos minutos tres vecinos lo estaban ayudando a descargar la mercadería. La cargaron en el Volkswagen escarabajo de uno de ellos y huyeron a toda marcha. Cuando volvieron los soldados que sobrevivieron (en la balacera cayeron dos de ellos y los tres colombianos, el mexicano se dio a la fuga) se llevaron la noticia de que alguien ya había vaciado la carga. No se sorprendieron, los narcos tienen una logística a toda prueba. Lo que les preocupaba era cómo ocultar ante las autoridades su negligencia de novatos, al abandonar la mercadería en la persecución.
    A todo esto los vecinos descargaron los sacos en la casa de su descubridor. Festejaron con unos vasos de mezcal. No se habló sobre el destino del cargamento, tácitamente ya todos sabían qué harían con él.
    Una semana después jugaron el clásico regional de fútbol: Mazunte contra Huatulco. Ganó Huatulco tres a uno, pero eso a nadie le importaba. El pueblo era una fiesta. Mazunte inauguraba su nueva cancha, con las líneas perfectamente definidas. Habían usado para trazar el perímetro de la cancha, la línea y el círculo central, las áreas y las esquinas, los doscientos kilos de cocaína pura llegada de Colombia.
    Confundir la cocaína con cal les puede haber hecho perder el negocio de sus vidas, pero nada les va a hacer olvidar la alegría de ese día en el que, después de tantos años, pudieron un jugar un partido con las líneas perfectamente marcadas sobre la tierra.


miércoles, marzo 21, 2012

Y retembló en sus centros la tierra

México DF, 20/03/2012

 Con mi pasaje para Oaxaca en el bolsillo, fui a comprar algo para comer durante el viaje. Le pedí al puestero una torta oaxaqueña (un sandwich de chorizo, queso, cebolla, huevo, aguacate y, desde ya, una salsa picosa). El hombre era oaxaqueño y muy simpatico. ¿Argentino? Che, boludo, coño. Me estaba preparando la torta cuando me empecé a sentir mareado. No entendía por qué pero de pronto perdí el equilibrio. Entonces vi la cara del oaxaqueño que por primera vez no sonreía: "¡Temblor!", le gritó a otro puestero. Una señora empieza a correr. "Despacio, señora, no corra", le gritan. Ahí recuerdo los carteles con instrucciones de qué hacer en caso de sismo que cuelgan en todos los sitios públicos del DF. Salgo de la zona de puestos con precarios techos de chapa. Busco un punto de encuentro (una zona segura señalizada en el piso), pero no veo ninguno. Me quedo en la calle, calculando estar lejos de cualquier objeto que pueda caerme encima. El suelo se sigue moviendo, estoy en un samba kilométrico. Veo una enorme torre de iluminación que se sacude como la copa de una palmera en la tormenta. Tengo miedo pero al mismo tiempo estoy fascinado. Filmo el meneo del gigante lumínico. La gente no parece asustada, más bien parecen tomarlo con naturalidad. Un par de personas continúa su camino normalmente, la mayoría se detiene a mirar la torre semoviente. El temblor pasa, vuelvo por mi torta. "Ahí volvió el güerito", se alegra el puestero que pensaba que me había escapado. Le cuento que fue mi primer temblor, él que hacía muchos años no pasaba. Me sigue recomendando lugares para conocer en Oaxaca, qué tengo que comer, dónde tengo que dormir, con qué putas tengo que cojer. Le digo que no me gusta pagar y me dice que me va a presentar a su sobrina para que me la lleve a Buenos Aires. Termina de prepararme la torta y me voy. Todavía sigo con la sensación de quien acaba de bajar de la montaña rusa y, ya en tierra firme, no deja de sentir los sacudones en sus entrañas. El mareo me dura un par de minutos más. Las pantallas colgantes de la terminal creen, como yo, que el temblor continúa, aunque hace ya un tiempo que paró.

 Ahora estoy en el micro camino a Oaxaca. Algunos pasajeros llaman a sus familiares para checar que estén bien. El chofer sintoniza una radio en la que reportan los detalles del terremoto, que fue de 7,8º, que el presidente Calderón anunció que no hay víctimas. Yo voy con mis auriculares escuchando Soda Stereo:


Yo caminaré entre las piedras
hasta sentir el temblor
en mis piernas.

lunes, enero 09, 2012

El amanecer de Carlitos y sus hijos

Mi nutricionista me dijo que una hamburguesa de Carlitos equivale en calorías a treinta y cuatro manzanas verdes y dos rojas. Me miraba por sobre los anteojos, muy fijamente, cuando me lo dijo. Después agregó: “y si te clavás un panqueque de dulce de leche, ahí tenemos que cambiar la unidad de medida”. Hizo una pausa de unos segundos mientras me escrutaba con la mirada llena de reproche. Apoyó los anteojos sobre el escritorio, se restregó los ojos con la manga de la camisa y, tras liberar un suspiro, se llevó la mano derecha a la entrepierna. “Bananas, Néstor. Hablamos de más de cincuenta bananas”. Siempre me llamaba Néstor, creo que le recordaba a alguien con ese nombre. Por no contrariarlo, jamás lo corregí. Debo admitir que sus comparaciones resultaron muy persuasivas. No cancelé mi viaje a Villa Gesell, como me pareció que pretendía mi nutricionista, pero sí abandoné la idea de cenar en Carlitos. Unas vacaciones light, por qué no. Además, en Villa Gesell se come buen pescado, pensaba para consolarme.
El segundo día de enero me desperté bien temprano, desayuné ligero y cargué el bolso y la tele en el baúl del auto. El día siguiente partí con mi perro Séter rumbo a la costa argentina. Villa Gesell nos recibió con la tranquilidad de un mediodía veraniego; las calles vacías, la playa desierta, todo el mundo a resguardo del sol que, a esas horas, es capaz de hervir en menos de cinco minutos una botella de cerveza recién salida del freezer. El departamento que alquilé estaba a dos cuadras de la playa y a una de la avenida principal. Apenas nos instalamos, me eché a dormir una siesta mientras Séter aprovechaba para husmear todos los rincones de su nuevo hábitat. Una vez despierto, ordené un poco las cosas, me pegué una ducha y preparé el bolso matero. Séter me acompañó a la playa, donde se dedicó a pelear contra las olas. A la gente le causaba mucha gracia ver a un perro pequinés boxeando contra el mar. La pelea era golpe por golpe: la marea atacaba a Séter con subidas previsibles pero furibundas; el perro se defendía retrocediendo unos centímetros, de frente, sin darle nunca la espalda a su rival, y contraatacaba a los mordiscones. Aunque el combate fue muy parejo, al final ganó el mar por abandono. A todo esto yo tomaba mate y les ponía puntajes a los culos que pasaban por la orilla. Cuando empezó a anochecer, unos pibes armaron un picado de fútbol y me invitaron a jugar, pero no quería dejar solo a mi perro. Volví a casa pensando qué verduras iba a comprar para la ensalada.
Después de comer, dejé a Séter en el departamento y salí a dar unas vueltas por el centro. La peatonal era una orgía de calorías, a cada paso me cruzaba con veraneantes que deglutían papas fritas, rabas, helados, hamburguesas o churros. Me sentía un Cristo de la vida sana, tentado por paraísos artificiales de azúcares y grasas. Mi nutricionista estaría orgulloso de mi resistencia, pensaba. Y en eso lo vi. Salía de un restaurant, iba solo. “¡Doctor!”, le grité a modo de saludo. Levantó la vista sobresaltado. Al reconocerme, me devolvió un: “Ah, Néstor” y se calló. “No sabía que veraneaba en Villa Gesell”, le dije, a mitad de camino entre la pregunta y la afirmación. “Sí”, respondió secamente. Se lo notaba incómodo, tenso, algo nervioso. No debe ser muy grato que un paciente te encuentre una noche en malla y ojotas después de cenar, se me ocurría. “Nos vemos en Buenos Aires”, se despidió antes de alejarse apurando el paso. No me dio tiempo de decir nada más. Me dispuse a tomar apunte del restaurant, si mi nutricionista cenaba ahí, yo también tenía que hacerlo.
Hubiera preferido encontrar mi nombre inscripto bajorrelieve en una lápida de piedra antes que leer las ocho fatídicas letras que pendían de ese letrero. ¡Carlitos! Nunca en mi vida me había llevado una decepción tan grande. No podía parar de imaginarme a mi nutricionista devorando una hamburguesa con panceta y huevo frito, riéndose de sus pacientes , de la rúcula y del tomate.
A modo de venganza, entré en Carlitos con la intención de pedir la hamburguesa más completa que ofreciera el menú. Pero un empleado de limpieza echó por tierra mi plan: “ya estamos cerrando, el señor Carlitos está cansado y quiere irse a dormir”. En ese momento recordé que la fama de la hamburguesería se debía a su carácter familiar. Carlitos trabajaba en la cocina junto con uno de sus hijos, mientras que otros tres hijos se ocupaban de atender las mesas, y el quinto, de la caja. Para la limpieza contrataban empleados. Lo que no sabía era que, además de trabajar en familia, vivían todos juntos en un cuartito arriba del restaurant. El empleado me señaló, por si no le creía, la puerta que conducía a la vivienda. Daba la impresión de que había gente fumando ahí dentro. Lo dejé continuar con sus labores higiénicas y volví al departamento a descansar.
Séter me despertó la mañana siguiente con sus ladridos histéricos. Quería salir a cagar. Aproveché la caminata para comprar el diario y un poco de pan negro para el desayuno. Iba por la tercera tostada, creo, cuando llegué a la página de noticias policiales. “Amaneció en llamas Carlitos, el rey de la hamburguesa en Villa Gesell”, anunciaba el título en letras catástrofe. La bajada agregaba: “Carlitos y sus hijos, todos calcinados. El local, destruido.” Tuve que leer dos o tres veces el título para digerirlo. Según el cuerpo de la nota, el incendio había sido intencional, y todas las sospechas recaían sobre El Beto, el rey de las hamburguesas de soja, una nueva cadena de comida rápida que estaba haciendo furor en la costa atlántica. Dos imágenes acompañaban el artículo: una foto de Carlitos, sonriente, con un gorro playero color rojo y, al lado, una foto de El Beto, el presunto asesino, con una barba candado como la de mi nutricionista. Mejor dicho, la de mi nutricionista. El epígrafe no dejaba dudas: “Alberto Coromillas, alias El Beto, nutricionista y empresario gastronómico.”
No pude terminar de leer la noticia. Cerré el diario horrorizado, junté mis cosas lo más rápido que pude y las metí junto con Séter en el auto. Pocas horas después estaba de vuelta en la Capital. Antes de entrar a casa, paré en una verdulería y pedí treinta y cuatro manzanas verdes y dos rojas. “No, no”, me arrepentí: “mejor deme más de cincuenta bananas”.